¿Qué tan valiosa es tu primera experiencia como practicante?

Para empresas, medios de comunicación o agencias, contratar a un practicante suele conllevar riesgos. Aunque tengan una buena calificación laboral o un currículum impresionante, incorporar a jóvenes practicantes (preprofesionales o profesionales) sin mayor experiencia es una completa lotería.

Es verdad que no se debería esperar un desempeño descollante porque, finalmente, el practicante llega a la empresa para aprender. Sin embargo, debería ser posible confiar en que al menos exista una base mínima de conocimiento medio correspondiente al nivel técnico o universitario que cursa (por ejemplo, tener un nivel medio de redacción y saber lo básico de investigaciones de mercado).

En la práctica, esto no se da o se da muy poco. Esto se debe a que la formación recibida o ha sido deficiente o no ha sido aprovechada mediante un aprendizaje útil y responsable.

Como se sabe, el problema de la educación en países latinoamericanos se agrava cuando los centros educativos de nivel medio o superior se convierten en negocio y los estudiantes en clientes.

La necesidad de licenciarse que ahora tienen estas instituciones para seguir funcionando ha morigerado esta brecha entre la calidad educativa y el aprendizaje en las aulas. Sin embargo, muchos estudiantes no se sienten conformes con la formación recibida, y, conscientes de este vacío, alimentan una demanda laboral dispuesta a recibir una retribución económica mínima. Es en este contexto donde la experiencia profesional cobra una importancia decisiva, porque contribuye, en la práctica, a nivelar la muchas veces precaria educación en las aulas.

En el caso del practicante de comunicación, se espera que su competencia comunicativa esté acorde con el nivel educativo que cursa y la especialidad a la que se orienta. No obstante, como dijimos al principio, la incertidumbre es total. Y es ahí, en la oficina, cuyos actores son mentor-practicante antes que jefe-subalterno, es donde se produce el real aprendizaje.

Es por ello que las prácticas preprofesionales o profesionales suelen ser una excelente oportunidad para nivelarse, aprender o reforzar aquello que no se ha trabajado adecuadamente en los cursos de carrera. Seamos claros: el dinero es lo de menos si prima el aprendizaje en el campo laboral, que ya es un valor en sí mismo. Pero, ¿hasta qué punto se aprovecha este espacio?

Ser proactivo es la clave. La iniciativa para resolver los problemas del área implica, por parte del practicante, mucho aprendizaje autodidacta y, por supuesto, estar permanentemente actualizado con información que puede encontrar en internet. Es iluso creer que todos los primeros jefes tendrán la misma proactividad para enseñar o guiar, así como que todos los practicantes mostrarán iniciativa por aprender.

Lo que es realmente importante es que tales prácticas no sean solo un requisito académico para completar el creditaje universitario, sino que cumplan su objetivo real, que es ofrecerle al joven estudiante la posibilidad de desempeñarse en un entorno laboral concreto y afín a su especialidad. La colaboración entre empresa y practicante debe ser de mutuo beneficio, donde el aprendizaje prevalezca sobre algún tipo de compensación económica.

La remuneración es, y debería ser, consecuencia directa de un trabajo profesional. Es indispensable que todo estudiante de comunicación, publicidad o marketing (o carreras afines) reflexione sobre cómo aprovecha su tiempo en el lugar donde trabaja, más allá de su salario. ¿Realmente están aprendiendo? ¿Están reforzando sus conocimientos o adquiriendo nuevas habilidades? O más bien, ¿se encuentran en un trabajo operativo que poco contribuye a su formación profesional?

Sábado 31 de agosto de 2019

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