Periodismo Económico

El tratamiento de la información económica tiene características propias, tanto en su forma como en su fondo, por la misma materia que trata.  Así, por ejemplo, el color de papel ya es distinto para algunos medios, -que utilizan el salmón-, y su presentación también tiene una personalidad diferenciada, pues en la mayoría de los casos será más importante un gráfico explicativo que la fotografía de un personaje.

Por otra parte, no será igual la manera de exponer una noticia en la radio o televisión que en prensa o revistas.  Tampoco será igual en un medio especializado que otro de carácter general.

El género de la información económica también tiene su importancia, en tanto en cuanto tiene sus matizaciones y diferenciaciones con respecto a otro tipo de informaciones.  Es necesario destacar que en la información económica determinados aspectos como puede ser el reportaje interpretativo, la opinión, o las noticias tiene gran valor en los receptores y su tratamiento será distinto con relación, por ejemplo, al utilizado en la sección de sucesos de cualquier medio de comunicación.

Periodismo y Economía puede parecer una combinación difícil, forzada o insulsa. Por un lado, la economía es una de las ciencias sociales con más altos niveles de complejidad formal, apoyada en las ciencias exactas; y, por el otro, los periodistas se han caracterizado tradicionalmente por un desapego a los números y un interés en las historias que impactan al público masivo.  Sin embargo, la proliferación de los medios especializados en información económica en todo el mundo, así como la inclusión de secciones de economía dentro de las publicaciones de información general, es evidente desde hace más de una década, como una consecuencia natural del interés de los ciudadanos por estas noticias (Calvo, 2011).

La comunicación entorno a la actualidad económica no es un fenómeno reciente, sino que se remonta a los textos clásicos del periodismo de los siglos XV y XVI, controlados por la casa comercial alemana de los Függer y por el agente comercial inglés Thomas Greshman (Del Río, 2004, p. 46). Luego, con la imprenta, las listas marítimas y listas de precios o price-currents pasan a ser parte esencial del negocio de la burguesía mercantil, convirtiéndose en los primeros periódicos financieros y comerciales.

Así, desde sus orígenes el avance de esta prensa especializada ha ido de la mano con los movimientos de los actores que marcan la vida económica de la sociedad. Rosa del Río (2004) destaca que con el fortalecimiento del capitalismo financiero e industrial y la profesionalización del periodismo y de la economía como disciplinas, las principales economías occidentales vieron a partir de la segunda mitad del siglo XIX el surgimiento de las grandes publicaciones financieras anglosajonas, algunas de las cuales circulan hasta hoy.

La revista The Economist nace en 1843 como un vehículo de difusión de la doctrina de Adam Smith (www.economist.com), y unas décadas más tarde le siguen los primeros diarios financieros estables, como Financial News en 1884, Financial Times en 1888; y Wall Street Journal en 1882.

Por su parte, la información económica en el Perú tendría que esperar hasta la década de 1990 -que supuso unas reformas de mercado y el reingreso del país a los circuitos internacionales-, para hacerse con un espacio en los principales medios nacionales y motivar la fundación de algunos títulos especializados (Coloma, 2014). En cambio, en los países desarrollados se puede hablar de una popularización de la prensa económica y de su extensión a la radio y la televisión desde los años setenta (Arrese, 2000). La década de los ochenta cambió para siempre la cobertura de los temas económicos.

El final del consenso keynesiano, la nueva embestida de las tesis neoliberales (impulsadas por el thatcherismo y los reaganomics) y la subsiguiente caída de los sistemas comunistas significaron la apertura de un nuevo período para la relación de los medios con la economía (Arrese, 2006, p. 43).

La publicación de “fin de las ideologías”, referido por un lado a las teorías de economía entre Europa y América, produjo que los mercados y los negocios actúen como nuevos paradigmas de ordenación social e incluso política, “lo que favoreció el boom definitivo de la información económica” (Arrese, 2002, p. 125).

Desde mediados de los ochenta, la renovada confianza en la iniciativa privada -que se manifestó quizá mejor que en ningún otro símbolo en la cascada de privatizaciones- supuso una cierta “democratización” del poder económico: el denominado “capitalismo popular”. Gracias a este, millones de ciudadanos se convirtieron en inversores y emprendedores, con lo que se amplió extraordinariamente el abanico de los destinatarios de las noticias sobre economía y negocios.

Los mercados financieros pasaron a actuar como eje de la actividad económica, trasladando su carácter “globalizado” al resto de los mercados. En paralelo, la revolución informática y de las tecnologías de la información convulsionaban el mundo de la comunicación, completando un cuadro de condiciones que cerrarían el siglo XX con un nuevo ciclo de bonanza económica y de fuerte crecimiento bursátil en la mayoría de las economías occidentales. No es de extrañar que en ese contexto la información económica alcanzara su mayoría de edad. (Arrese, 2002, p. 163).

Arrese (2006) colige que, como consecuencia, la información económica superó algunas de las limitaciones tradicionales que la habían retenido asociada casi completamente a la información impresa; y dentro de ésta, como contenido menor en los grandes diarios y revistas generalistas. “Junto a una prensa económica cada vez más frondosa, en los años ochenta y noventa también surgieron en muchos países canales de televisión especializados (algunos como CNBC y Bloomberg, con vocación global), cadenas de radio económicas (como Intereconomía, en España, o Frankfurter Business Radio, en Alemania) e infinidad de páginas webs y portales económicos en internet” (p. 43).

En lo que se refiere a los medios generalistas, Arrese (2006) refiere que la economía –sobre todo los negocios y las finanzas– pasó a ser contenido de importancia capital en la prensa de calidad, con lo que ganó autonomía y espacio en secciones cada vez más extensas y completas.

En estos años se produjeron remodelaciones profundas de secciones económicas en grandes periódicos: la ampliación de contenidos de “Business Day” (New York Times, 1995), la creación de una sección de economía familiar y finanzas personales en The Times (año 2000), la renovación de las páginas financieras del Frankfurter Allgemeine Zeitung (año 1999) y la aparición de “Corriere Soldi” (Il Corriere della Sera, año 1997), por citar algunos casos. (p. 34)

En la televisión y la radio, aunque de forma mucho más limitada, ese nuevo peso de la economía se concretó en la creación de espacios y programas especializados autónomos, aparte de la habitual sección económica de los informativos.

Con el cambio de siglo, a esa intensa presencia de contenidos económicos en todos los medios se uniría la polémica en torno a la cobertura informativa de escándalos como los de Enron y WorldCom, o fenómenos como la exaltación mediática de una “Nueva Economía”. Estos y otros acontecimientos han puesto en el primer plano de la actualidad profesional la capacidad de medios y periodistas para hacerse cargo con solvencia de las complejas realidades que conforman la vida económica, empresarial y financiera. También han intensificado los trabajos encaminados a analizar de forma más incisiva los efectos de los medios en los mercados de capitales y en el comportamiento de los distintos agentes económicos. (Schuster, 2006, p. 79)

Michael Weinstein, economista y miembro del consejo editorial del New York Times, comentó, a principios de los años 90, en una conferencia ante la American Economic Association:

Cuando mis colegas del New York Times utilizan la palabra ‘académico’, no están haciendo un cumplido; ellos quieren decir ‘irrelevante’. Y cuando mis antiguos colegas en el ámbito académico describen el trabajo de alguien como ‘periodístico’, sin excepción quieren decir ‘superficial’ (Weinstein, 1992, p. 73)

Esa tensión entre el conocimiento experto y el popular superficial adquiere tintes extremos en un ámbito informativo donde casi todo el mundo tiene una opinión, un juicio, una forma de interpretar la realidad, y la impresión de que sabe lo suficiente sobre el tema.

Fuller & Geide-Stevenson (2003) destacan a Keynes quien “solía recordar que la economía era un tema difícil, aunque nadie se lo creyera” (p. 371). Para abordar la complejidad de la actualidad económica, financiera y empresarial, Fuller & Geide-Stevenson tienen en cuenta que hay tres procesos de simplificación que actúan conjuntamente en la actividad informativa que se ocupa de ella.

En primer lugar, la simplificación propia del quehacer periodístico, sujeto a todo tipo de limitaciones espacio-temporales, profesionales y lingüísticas.

En segundo lugar, la simplificación que deriva del carácter abstracto del conocimiento económico, que para dar sentido a la realidad debe trabajar con ideas, conceptos y términos que sintetizan, mediante modelos y generalizaciones estadísticas, los actos y decisiones de una multitud de agentes económicos. Por esto, no es lo mismo cubrir y evaluar los problemas laborales de un sector en reconversión, que tratar las condiciones del mercado del trabajo en su conjunto. De hecho, la realidad económica general puede ser muchas veces distinta –e incluso opuesta– a la que experimenta particularmente cada ciudadano.

Por último, como sucede también en otros ámbitos del periodismo científico, en la información económica el periodista tiene la obligación de acercar y hacer atractivos para los destinatarios unos asuntos de por sí grises, muchas veces excesivamente técnicos y a menudo poco interesantes.

Paradójicamente, en el periodismo económico este triple fenómeno de simplificación actúa sobre un tipo de información sujeta a especiales exigencias de rigor. Por su especial sensibilidad y por los efectos inmediatos que pueden tener en los mercados, las noticias económicas y sus explicaciones requieren la máxima pulcritud en el uso de términos, en la utilización de datos y, en general, en cada uno de los elementos que las conforman. Fuller & Geide-Stevenson (2003) sostienen que la exactitud y el rigor son las primeras máximas de esta especialización.

Ese rigor en la difusión de hechos y datos, en la interpretación conceptual y estadística, muchas veces se complica más en un ámbito informativo en el que no existe consenso entre los especialistas sobre ciertos temas (por ejemplo, en algunas cuestiones de política económica), y en el que fuentes, analistas y expertos pueden actuar desde intereses particulares o de grupo que no son fáciles de desentrañar. (p. 386).

La propia naturaleza del conocimiento económico experimenta tensiones que luego se advierten en el trabajo periodístico. Leonard Silk, citado por Arrese (2006), apuntó que la economía es una ciencia defectuosa, en el sentido de que trata de desarrollar modelos teóricos con poder predictivo, pero que no necesariamente explican lo que sucede (muchas veces, ni siquiera lo que sucederá). Los elevados niveles de abstracción y complejidad dificultan comunicar las aplicaciones de sus hallazgos.

En ese sentido, pese a que cada vez es más relevante la comprensión de las dinámicas económicas, y de que hoy se prima a los factores económicos sobre los de cualquier otra índole, la economía parece que se aleja más y más de la esfera del conocimiento de los ciudadanos, los políticos y el resto de los agentes sociales.